11:02

Cuando entendí que era él

¿Y si el amor no se parece a lo que nos dijeron?

Crecimos creyendo que el amor debía verse de cierta manera. Para quienes formamos parte de la comunidad LGBT+ y crecimos en los noventa, las referencias tampoco eran demasiadas. En las series y películas podíamos ser el amigo ingenioso, el confidente o el personaje secundario que ayudaba al protagonista a encontrar el amor. Rara vez éramos nosotros quienes protagonizábamos la historia.

Así que aprendimos a imaginar el romance con los guiones que teníamos a la mano. Gracias, Hollywood.

Con los años descubrí que la vida sentimental tiene muy poco respeto por los planes. A veces comienza con un mensaje en Twitter una noche de diciembre y, unos meses después, termina llevándote a una calle cualquiera donde alguien te pregunta si quieres compartir tu vida con él.

En mi caso, todo comenzó a tomar forma en abril de 2013.

Después de nuestra primera cita en marzo, Luja y yo habíamos salido un par de veces. Nos conocíamos desde hacía meses, pero todavía estábamos descubriendo qué éramos. Yo, por mi parte, tenía mis reservas. Hay experiencias que te enseñan a cuidar el corazón, aunque a veces uno termine cuidándolo tanto que se olvida de vivir.

Venía de una pérdida que había cambiado mi manera de entender el amor. No solo había tenido que despedirme de una relación, sino también de alguien cuya ausencia ya no podía remediarse con una conversación pendiente. Volver a abrirme a alguien no era tan sencillo como aceptar una invitación.

Entonces llegó aquel mensaje:

—¿Puedo pasar por ti a tu casa y acompañarte a la universidad?

No cuestioné solo acepté.

Vivía en una zona al sur de la Ciudad de México que parecía desconectada de la realidad: un espacio cerrado y vigilado, con árboles, jardines y calles meticulosamente cuidadas. Un pequeño mundo donde todo parecía estar en su sitio, hasta que salías de ahí y la ciudad te recordaba que tenía sus propias reglas. Y, por supuesto, su tráfico.

Luja me esperaba en su auto, afuera de mi casa, después de cruzar la caseta de vigilancia y justo bajo una majestuosa jacaranda en flor. Había cubierto el piso con flores moradas, de esas que hacen que, durante unas semanas, la ciudad parezca más romántica de lo que es.

Había algo romántico en encontrarlo ahí, esperándome para acompañarme a clases. No necesitaba flores ni una declaración; bastaba con que hubiera ido por mí.

Al llegar a la Roma, me tomó del brazo antes de que bajara.

—A la salida de tus clases, paso por ti. Vamos a cenar.

No era una pregunta. Y yo, que todavía no tenía la sofisticación emocional que presumo hoy, tampoco hice demasiadas preguntas.

Salí de la universidad cerca de las nueve y media. Luja ya estaba ahí, recargado en su auto, con una tranquilidad que yo interpretaba como absoluta seguridad. Años después me confesaría que estaba muriéndose de nervios.

Mis amigos ya sabían de él, aunque todavía no lo conocían. Naturalmente, querían saber más: quién era, qué estaba pasando entre nosotros y por qué yo parecía dispuesto a abandonar la conversación para irme con alguien que aún no formaba parte de su círculo.

Pero la verdad era que yo tampoco tenía todas las respuestas. Apenas estaba descubriendo qué lugar ocuparía Luja en mi vida y todavía no estaba listo para involucrarlo en todo mi mundo.

—¿De verdad te vas a ir con él? —preguntaron.

—Lo siento, tengo planes —dije mientras sonreía y avanzaba.

Subí al auto sin saber exactamente adónde íbamos. A veces una buena decisión comienza así; otras, termina en una cena mediocre. Por fortuna, aquella noche tuvimos mejor suerte.

El restaurante parecía detenido en los años sesenta: hamburguesas, papas fritas, aros de cebolla, malteadas y helados con cerezas demasiado perfectas. No necesitábamos una cena sofisticada para pasar una buena noche, aunque tampoco voy a fingir que no disfruto un buen restaurante.

En algún momento decidimos improvisar una telenovela privada, con infidelidad, acusaciones y suficiente dramatismo para conseguir una renovación por varias temporadas.

Luja miraba su teléfono, indignado:

—Es impresionante… Es verdad lo que dicen. Lo que el chofer anda rumorando: que entre ustedes dos existe algo. Que no es la primera ni la única vez.

Yo contenía la risa, intrigado.

—¿Quién te dijo eso?

—Hay testigos.

Y entré al juego.

—Bueno, sí. Lamento que te enteres así, pero tú siempre estás ocupado…

Las mesas vecinas comenzaron a guardar silencio. Nosotros sosteníamos la actuación con una seriedad impecable, convencidos de que nuestra pequeña producción era privada. Yo salí primero, fingiendo estar ofendido y con aire altivo. Él pagó la cuenta y salió detrás de mí, interpretando al novio traicionado; en cuanto el valet trajo el auto y subimos, nos echamos a reír.

Ahí ocurrió algo que, aunque entonces no supe explicarlo, terminó siendo importante: con él podía reírme sin pensar demasiado, hacer el ridículo y sentirme cómodo siendo yo. Después de tanto tiempo intentando protegerme, volver a sentir seguridad junto a alguien era una forma de romance que no había previsto.

Unas calles después, en Mazatlán, se orilló. El silencio duró unos instantes. Entonces dejó de actuar y me miró.

—Sabía que eras tú. Hoy lo confirmé. Valió la pena esperar esa primera cita… y si hoy dices que no, voy a seguir intentando hasta que lo veas también.

Me pidió que fuera su novio dentro de un auto. En una calle cualquiera. A las once y dos de la noche. No sé exactamente qué fue lo que me hizo decidirme. Tal vez la euforia, tal vez la seguridad con la que me lo dijo o quizá la certeza de que quería seguir descubriéndolo. Sin pensarlo demasiado, dije que sí.


Trece años después, hemos acumulado viajes, celebraciones, películas, bailes y muchas citas en el autocinema, uno de nuestros pequeños placeres compartidos. Hemos disfrutado Halloween y Navidad, convertido ciertas tradiciones en rituales propios y formado una familia con nuestros perros y nuestro gato que, por supuesto, no son mascotas: son nuestros hijos y nosotros, sus empleados de tiempo completo.

La vida juntos no ha sido una película romántica con un montaje musical que resuelve todos los problemas en tres minutos. Hemos cambiado, aprendido y encontrado nuestras propias maneras de acompañarnos.

Y eso me lleva a preguntarme: ¿qué hace que una relación funcione?

Durante mucho tiempo pareció que existía un manual para hacerlo todo correctamente: las etapas, los tiempos, las expectativas y hasta la forma en que debía verse una pareja. Como si el amor fuera un departamento muestra y todos tuviéramos que comprar los mismos muebles.

La televisión nos enseñó a imaginar el romance a la sombra de una relación heterosexual típica. Nos mostró cómo debían conocerse dos personas, quién debía dar el primer paso, qué conflictos eran aceptables y cuál era la recompensa final: una pareja que encajara perfectamente en el guion.

Para muchos de nosotros, ese era el único mapa disponible. Aprendimos a desear una historia que no siempre nos incluía y a medir nuestras relaciones con reglas que nunca fueron escritas pensando en nosotros.

Con el tiempo entendimos que no teníamos que seguir ese libreto. Nosotros también podemos escribir nuestra relación, decidir qué significa el compromiso y construir una vida con nuestras propias reglas. Podemos hacerla como queramos, siempre que tenga sentido para quienes la vivimos.

Nosotros hemos preferido construir algo que nos haga bien. No porque seamos extraordinariamente únicos ni porque tengamos una fórmula secreta, sino porque entendimos que una relación no tiene que responder a las expectativas de los demás para tener sentido.

Tenemos nuestros acuerdos, nuestras maneras de querernos y la libertad de seguir creciendo juntos. No necesitamos demostrarle a nadie que lo nuestro funciona. Nos basta con saber que estamos construyendo una vida que queremos compartir.

¿Para siempre? No tengo una respuesta definitiva. A estas alturas, desconfío un poco de las certezas absolutas; suelen venir con demasiadas condiciones en letra pequeña.

Además, no todo es color de rosa. Hay días difíciles, desacuerdos, cansancio y momentos en los que toca volver a elegir cómo acompañarnos. Pero quizá ahí está lo real: en saber que el amor no consiste en vivir dentro de una historia perfecta, sino en construir una que podamos reconocer como nuestra.

Lo que sí sé es que me gusta la vida que estamos construyendo. Sigo disfrutando descubrir cosas nuevas con él y, trece años después, todavía hay motivos para elegirnos.

Si pudiera volver a aquella noche de abril, probablemente volvería a subir al auto.

Aunque esta vez preguntaría dónde vamos a cenar. Una cosa es ser romántico y otra, renunciar por completo a la logística.

Abril. 11:02 pm.

Trece años después, seguimos escribiendo nuestra historia a nuestra manera. Nada es perfecto; nosotros tampoco. Pero hemos encontrado algo que vale mucho más que cumplir con un guion ajeno: una vida que se siente nuestra.

Y quizá esa sea la respuesta a la pregunta con la que comenzó todo: ¿y si el amor no se parece a lo que nos dijeron?

Tal vez no tiene que parecerse porque la televisión nos enseñó a imaginar el amor desde una historia que no siempre nos representaba. Nosotros aprendimos a vivirlo fuera de ese molde y, con el tiempo, a escribir uno propio. No necesitamos repetir la relación típica ni demostrar que la nuestra funciona bajo sus reglas. Podemos inventar nuestros rituales, elegir nuestros acuerdos y decidir qué significa permanecer.

¿Para siempre? No lo sé. Pero sí sé que esto es real. Y, al final, eso es suficiente.

Deja una respuesta