10:28

¿Y cómo es la vida después?

Hay fechas que no necesitan aparecer en el calendario para anunciar su llegada. Basta con que cambie el aire, que las flores ocupen los puestos de siempre, que la luz de la tarde adquiera un tono sepia o que la ciudad se vista de colores festivos bajo el papel picado.

Han pasado 730 días desde aquella mañana de lunes en la que recibí la llamada que cambió mi vida. Todavía me cuesta creerlo. Hay noticias que dividen el tiempo en dos: lo que existía antes de escucharlas y todo lo que aprendemos a vivir después.

Aquel día entendí que una parte de mi historia había llegado a su fin. Ya no habría recuerdos nuevos contigo, más visitas a tu jardín ni tardes alrededor de tu mesa. Tampoco aquellos abrazos al llegar y al despedirme, siempre acompañados de las mismas palabras, tan cotidianas entonces y tan irreemplazables ahora: «Te adoro».

Con el tiempo descubrí cuánto podían pesar las cosas que antes parecían normales. Pienso, por ejemplo, en tu mole.

La piedra, los treinta y tantos ingredientes, el barro de la cazuela, la madera de aquella pala y el fuego lento. El aroma de las especias llenando la cocina mientras girábamos la mezcla y las conversaciones se prolongaban sin que nadie mirara el reloj. Había algo casi ceremonial en aquella preparación, pero el ingrediente principal nunca estuvo en la receta.

También estaba el pan de la ofrenda. Lo tomabas tan en serio que mandaste construir un horno artesanal en tu cocina. Entre el calor del horno y el aroma de la masa recién hecha, siempre encontrabas la manera de complacerme con algún antojo o de dejarme jugar con un trozo de masa mientras el resto esperaba su turno. Así eras tú: encontrabas maneras de hacerme feliz incluso en los detalles más pequeños.

Para muchos eras Ernestina, una mujer de carácter imponente y elegancia natural, de esas que no necesitan un traje sastre ni perlas a diario para hacerse notar. Para mí y para quienes tuvimos la fortuna de conocer tu lado más íntimo, eras simplemente Nina. Mi abuela, mi Nona.

Contigo aprendí que una persona no tiene por qué quedarse para siempre dentro de los límites de lo que le enseñaron. Cuando me acepté tal como soy, no dejé de ser tu nieto. Mi verdad también encontró un lugar en la tuya, y Luja se convirtió en otro nieto al que quisiste y cuidaste. Nunca he dejado de valorar ese amor: saber que podía llegar a tu casa, abrazarte y sentir que seguía perteneciendo a aquel lugar.

En estas fechas, las hortensias y los lisianthus encuentran su sitio junto al cempasúchil, el copal y las velas. La llama tiembla y proyecta sombras cálidas sobre las paredes; sus contornos se mueven como recuerdos que vuelven por instantes, escenas que creíamos quietas y que, de pronto, parecen cobrar vida. La casa se llena de una luz tenue, y por un momento la ausencia deja de sentirse tan vacía.

Pero son las dalias las que siempre me llevan hasta ti. Recuerdo las de tu jardín, entre tantas otras flores y plantas que parecían encontrar su propio lugar bajo tus cuidados. Hoy me toca a mí procurar que sigan creciendo, como cuando de niño me dejabas ayudarte. También conservo tu máquina de coser, otro pedazo de ti que permanece conmigo, esperando convertirse de nuevo en algo hecho con las manos.

¿Y cómo es la vida después?

No es aprender a dejar de extrañarte. Es descubrir que puedo seguir adelante llevando conmigo todo aquello que me diste: el gusto por las plantas, los recuerdos de tu cocina, las cosas que aprendí a hacer y la certeza de haber sido amado por ti.

Quizá por eso, aunque han pasado dos años, todavía hay algo de ti que encuentra el camino de vuelta.

Porque la muerte no es ausencia, sino otra forma de regresar.

Y hoy, entre flores, velas y recuerdos, vuelves a casa, Nina.

Con cariño,

Deja una respuesta