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La ciudad también se vive en plural

Hay algo curioso en la vida social LGBT+: durante mucho tiempo, cuando pensamos en salir, parece que la primera respuesta siempre tiene luces de neón, música a todo volumen y una pista de baile esperando por nosotros.

Y no es que tenga algo de malo. Los antros han sido, y siguen siendo, espacios importantes para encontrarnos, conocer gente, bailar sin demasiadas explicaciones y sentir que pertenecemos a algún lugar. Hay noches que comienzan con una copa y terminan cuando alguien pregunta si todavía alcanzamos el after. Una tradición que, dependiendo de la edad y del estado de nuestras rodillas, merece cierta planeación.

Pero ¿qué pasa cuando queremos algo distinto?

Porque también queremos salir por un café, organizar un brunch con amigos, celebrar nuestro cumpleaños con la familia, tener una cita en un restaurante bonito o simplemente caminar por la ciudad sin que el plan necesariamente termine de madrugada.

Y para eso también necesitamos espacios.

Más allá de la pista de baile

La Ciudad de México tiene una oferta enorme de lugares para descubrir. Cafeterías, restaurantes, galerías, librerías, terrazas, teatros y pequeños proyectos que hacen que salir sea mucho más que elegir dónde tomar la siguiente copa.

Roma, Condesa, Juárez, Coyoacán y tantos otros rincones tienen algo que ofrecer, aunque a veces terminemos visitando los mismos sitios porque alguien del grupo ya sabe dónde estacionarse o porque, seamos honestos, organizar una salida entre adultos puede ser más complicado que conseguir una reservación.

Lo interesante es que esos espacios también forman parte de nuestra vida como comunidad.

No necesitamos que cada lugar tenga una bandera arcoíris en la entrada para disfrutarlo, aunque siempre es reconfortante encontrar establecimientos donde la inclusión no sea una estrategia de temporada. Necesitamos lugares donde podamos estar con nuestras parejas, amigos o familias sin sentir que nuestra presencia requiere una explicación.

Un café donde dos hombres puedan tomarse de la mano. Un restaurante donde celebrar un aniversario. Una terraza para reunirse con amigos o un espacio cultural donde descubrir algo nuevo.

No parecen grandes acontecimientos, pero son precisamente esas pequeñas experiencias las que terminan construyendo una vida cotidiana más libre.

También sabemos divertirnos de otras maneras

Quizá crecer también tiene algo que ver con esto. No necesariamente con dejar de salir, bailar o descubrir nuevos lugares, sino con ampliar nuestras posibilidades de diversión.

Hay viernes que piden una noche larga y sábados que parecen diseñados para una sobremesa interminable. Hay cumpleaños que merecen una fiesta y otros que se disfrutan mucho más alrededor de una mesa, con las personas que queremos.

Y tampoco hay que exagerar con la madurez: uno puede comenzar el día con un café perfectamente civilizado y terminar descubriendo que todavía existe un after. La pluralidad también tiene sus contradicciones.

Lo importante es no reducir nuestra vida social a un solo escenario.

La comunidad LGBT+ es diversa en edades, intereses, relaciones, presupuestos y formas de entender la felicidad. Sería extraño que una comunidad tan plural tuviera que divertirse siempre de la misma manera.

Por eso me gusta pensar en la ciudad como un mapa que todavía no terminamos de recorrer. Uno en el que caben las noches de fiesta, las tardes de café, las comidas familiares, las citas improvisadas y esos lugares que descubrimos casi por accidente.

Al final, no se trata de abandonar los espacios que nos han permitido encontrarnos, sino de descubrir muchos otros donde también podamos hacerlo.

Porque la ciudad también se vive en plural. Y nuestra manera de disfrutarla debería ser igual de amplia.

Eso sí, si después del brunch alguien propone seguirla, tampoco prometo que lleguemos temprano a casa.

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