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Elegancia a 2,240 metros de altura

Hay días en que vestirse bien es simplemente una forma de estar preparado.

A las dos de la tarde, la Ciudad de México ya ha cambiado de opinión varias veces.

Por la mañana parecía un buen día para caminar. Ahora el sol cae sobre las banquetas de la Juárez con una intensidad casi ofensiva, los edificios devuelven el calor y cruzar Reforma implica calcular cuánto tiempo puedes permanecer bajo el sol antes de empezar a cuestionar tus decisiones. Unos minutos después, una nube cubre el cielo y recuerdas que aquí el pronóstico es más una sugerencia que una promesa.

Vivimos a 2,240 metros sobre el nivel del mar. Quizá por eso el clima tiene una manera particular de complicarnos la vida. Las distancias parecen más largas cuando hace calor, el viento aparece sin previo aviso y una caminata de diez minutos puede terminar en una negociación entre el sol, la lluvia y la posibilidad de llegar a tu destino con el cabello exactamente como lo habías planeado.

En esta ciudad conviene salir preparado, aunque tampoco hay que convertir cada salida por un café en una expedición al Everest.

Por eso tengo cierta debilidad por las prendas que saben adaptarse. Una buena camisa, unos pantalones cómodos, zapatos que sobrevivan a las banquetas y, sobre todo, una gabardina oversize. No es solamente una cuestión de estilo; es una estrategia para sobrevivir al clima sin tener que cargar con medio guardarropa.

Además, tiene esa extraordinaria capacidad de hacer que una combinación sencilla parezca deliberada. Algo que se agradece cuando salir de casa ya implica suficiente esfuerzo como para añadirle una junta extraordinaria con el clóset.

Pero la gabardina tiene otra cualidad que me interesa todavía más: te cubre sin obligarte a desaparecer.

Durante años pensé que vestirse bien significaba aprender las reglas correctas. Después llegaron las tendencias, las tribus urbanas y esa maravillosa etapa en la que uno cree que cambiar de pantalones equivale a cambiar de personalidad. Preppy, punk, streetwear, negro absoluto, minimalismo y, finalmente, el old money, porque aparentemente todos tenemos una tía millonaria en Inglaterra que todavía no ha encontrado nuestra dirección.

Con el tiempo entendí que experimentar con la ropa también era una forma de experimentar conmigo mismo.

Y lo digo desde mi experiencia como hombre gay en una sociedad que parece tener una opinión para casi todo: cómo debemos vernos, cómo deberíamos comportarnos y hasta qué partes de nosotros convendría disimular.

La ropa puede convertirse en una armadura. A veces nos ayuda a sentirnos más seguros frente al espejo; otras, nos permite recorrer una calle sin pensar demasiado en las miradas ajenas. Hay días en los que queremos llamar la atención y otros en los que preferimos llegar a casa sin haber tenido que justificar nuestra existencia ante nadie.

Una gabardina amplia puede acompañarnos en ambos escenarios. Cerrada, ofrece cierta protección; abierta, deja ver lo que llevamos debajo. No nos exige elegir entre escondernos y mostrarnos.

Quizá por eso me gusta tanto caminar por la ciudad con una puesta en escena que parece accidental, aunque todos sabemos que encontrar ese equilibrio requiere cierta negociación previa.

La Ciudad de México también tiene algo de vestuario cambiante. En una misma tarde puedes pasar de las fachadas elegantes de la Juárez a las avenidas saturadas de Reforma, encontrar una calle arbolada en la Roma y terminar en una cafetería donde parece que todos han decidido coordinar sus tonos neutros. Cada colonia tiene su ritmo, sus personajes y su manera de ocupar el espacio.

Lo interesante es recorrerlas sin la obligación de convertir cada salida en una lista de lugares que debemos visitar para demostrar que conocemos nuestra propia ciudad.

A veces basta caminar sin prisa, descubrir una fachada que nunca habías mirado con atención o encontrar una pequeña tienda detrás de una puerta que parecía llevar años cerrada. También está ese placer bastante sencillo de sentarte junto a una ventana, pedir un café y observar cómo la calle continúa con su propia historia mientras tú haces una pausa.

No todo tiene que convertirse en una experiencia extraordinaria para merecer nuestra atención.

Y, sin embargo, vivimos en una ciudad que constantemente nos invita a apresurarnos. El tráfico, las distancias, las notificaciones y la sensación de que siempre hay algo más que deberíamos estar haciendo terminan convirtiendo incluso el tiempo libre en otra tarea pendiente.

Quizá vestirnos para caminar sea una manera discreta de recuperar algo de ese tiempo. Elegir zapatos cómodos, una prenda que nos proteja y salir sin exigirle al recorrido que justifique cada minuto. La elegancia, al menos como yo la entiendo ahora, tiene menos que ver con parecer impecable y más con aprender a movernos con naturalidad en medio del caos cotidiano.

Eso no significa renunciar al estilo. Al contrario, prefiero las prendas que puedo usar durante años, los colores neutros, los cortes sencillos y esas piezas que siguen teniendo sentido cuando una temporada termina. No porque pretenda haber heredado una fortuna europea, sino porque he descubierto que no necesito reinventar mi guardarropa cada vez que cambia la conversación en internet.

Aunque tampoco prometo que nunca volveré a hacerlo. Conocerse es un proceso y, por fortuna, todavía no existe un código de vestimenta obligatorio para cumplir cuarenta.

Hoy me interesa más que mi ropa acompañe mi vida que tener que organizar mi vida alrededor de ella. Quiero caminar por la ciudad, sentarme en una terraza, entrar a una librería o volver a casa después de una tarde larga sin sentir que necesito cambiar de personaje en cada escenario.

Y aquí es donde la gabardina vuelve a tener sentido. No controla el clima, no resuelve las inseguridades y definitivamente no va a detener el tráfico de Reforma. Pero puede hacer que estemos un poco mejor preparados para todo lo demás.

Porque la ciudad no va a adaptarse a nuestras preferencias. Somos nosotros quienes aprendemos a movernos entre sus cambios, a buscar sombra cuando hace calor y refugio cuando llueve. Con la ropa ocurre algo parecido: no se trata de construir una versión de nosotros mismos inmune a las opiniones ajenas, sino de encontrar aquello que nos permite atravesar el día con mayor comodidad y confianza.

A las 18:00 horas, la ciudad probablemente habrá cambiado de opinión otra vez. La luz comenzará a suavizarse sobre los edificios, las ventanas de los departamentos se encenderán y el tráfico seguirá avanzando con esa paciencia involuntaria que caracteriza a quienes vivimos aquí.

Al regresar a casa, mi gabardina terminará sobre el respaldo de una silla, esperando su siguiente turno. Afuera, la ciudad seguirá haciendo lo suyo; adentro, la luz encontrará su camino entre los ventanales y los espacios comenzarán a recuperar el silencio.

Quizá mañana vuelva a llover. O quizá el sol decida quedarse.

Por lo pronto, prefiero disfrutar de la tarde y de esa pequeña transición entre el ruido de la calle y la tranquilidad de estar en casa. A veces, basta con cambiar de espacio para descubrir que también podemos cambiar de ritmo. Porque hay prendas que solamente usamos. Y hay otras que terminan acompañándonos en más de una aventura.

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